La impropiedad del nombre :la importancia política de la nominación en la experiencia filosófica
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UMCE
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“Como signo, el nombre propio se ofrece a una exploración, un desciframiento” (Barthes, 1989, p. 177). Es este enigma del nombre propio el que permanece impensado desde la confianza cotidiana en la dimensión referencial del lenguaje. La noción de “nombre propio” se entiende habitualmente a partir de una relación concordante entre significado y significante, o bien, desde el vínculo entre un sujeto –el singular así nombrado- y la palabra asignada como su nombre desde el nacimiento, sin interrogarse por el modo en el que se construye y fundamenta dicha propiedad, necesaria para afirmar la supuesta referencialidad comunicativa. La presente memoria parte de la invitación barthesiana que insta a repensar el valor filosófico del nombre propio, retomando, en primer lugar, la pregunta por las categorías que fundamentan la propiedad del nombre, para posteriormente volcarse hacia el espacio de pensamiento que permite su cuestionamiento. Centrándonos en el trabajo de Barthes, pero también revisando el momento inaugural de esta reflexión en el Cratilo de Platón, nos preguntaremos: ¿qué ocurre cuando se cuestiona el nombre mismo, su propiedad?, ¿qué suscitaría en la experiencia de la escritura, ya sea poética o filosófica, la posibilidad radical de una ausencia del nombre propio, la pérdida de ese fundamento? La puesta en cuestión de la propiedad del nombre obliga a tomar posición frente a las particularidades de la constitución identitaria y del ideal de fijación del sentido adosado a lo propio del nombre, así como también exige poner en entredicho el valor de propiedad que puede adquirir el nombre en el campo escritural (la firma, la propiedad intelectual) como inscripción que posibilitaría concebir a la escritura bajo lógicas mercantiles. En este sentido, se pensará la noción de “impropiedad” del nombre como otro modo de ser de la escritura filosófica/poética -pero también en el cine, como otra grafía a leer-, que abre un cuestionamiento de la ya mencionada confianza en la dimensión referencial del lenguaje, y de las limitaciones del sentido y de la nitidez de la propiedad que dicha concepción requiere. Finalmente, esta impropiedad del nombre será destacada como potencia política que permite el levantamiento de aquello no dicho, exiliado de lo propio del signo, y que posibilita una relación entre el yo y lo otro sin-nombre/fuera del nombre, acaso lo extranjero, en una experiencia compartida y desinteresada, suspensiva de la lógica de la propiedad, y por ende, incalculable en sus posibilidades de exploración y desciframiento.
